
El mismo ritual en cada pueblo, abrían la puerta lateral de su carromato y ofrecían su mercancía a los lugareños.
Su producto estrella, la poción de la eterna juventud, ante la cual todos se reían viendo el aspecto vetusto del vendedor y de la mujer que le acompañaba.
Lo que no sabían aquellos cretinos era que realmente funcionaba, aunque no como ellos imaginaban. Aquella poción no rejuvenecía físicamente sino algo más sutil, hacía sentir como una primera vez.
La pareja de ancianos la bebía todos los días y se enamoraban como un primer amor, veían los trenes como si nunca hubieran visto un tren, contemplaban el brillo del sol de forma virginal, se admiraban viendo aquellos pueblos aunque parecieran todos el mismo…








